Colectivo Amor y Falcata. Editorial número 3, marzo de 2021: FRENTE A LA OFENSIVA ESTATAL, REVOLUCIÓN INTEGRAL

 


Independientemente de lo que diga Wikipedia, la guerra más larga de la historia es la que mantiene el Estado contra los pueblos y los individuos. Esta eterna guerra parece que ha entrado en una fase de ofensiva total por parte de las instituciones de poder. Frente a un adversario inerme, desmoralizado, temeroso, ignorante, confiado y colaborador, el Estado pretende establecer con premura una tiranía perfecta que habrá cercenado por completo todo atisbo de autonomía y de libertad.

Uno de las últimas embestidas llegó disfrazada con la mentira de la liberación de la mujer, puntual a su cita del 8 de marzo. El feminismo de Estado es un “movimiento” tan alejado de las preocupaciones del pueblo que necesita ser impulsado por el Gobierno mediante consignas como: ‘Con voz alta y con voz clara hay que reivindicar el feminismo’. El feminismo que recibe millones de los presupuestos del Estado, que divide a la sociedad, discrimina legalmente a los varones y considera a las mujeres menores de edad que requieren de una protección especial por parte de la ley y la “justicia”, es el mismo feminismo que se ha manifestado en las principales ciudades con sus activistas enfrentados y un evidente escaso éxito de convocatoria. Como dice la cumbia: ‘Échenle la culpa al Covid’.

Igual que los generales de las legiones romanas se enfrentaron entre sí en no pocas contiendas civiles por la disputa del botín de las guerras venideras, los diferentes lobbies de la ingeniería social fueron incapaces de ponerse de acuerdo y convocar una manifestación unitaria el 8-M. La discrepancia fue causada por la llamada Ley Trans, la misma que pretende que un adolescente de 16 años pueda cambiar de género en el registro civil porque así le viene en gana. Que esta ley se esté debatiendo demuestra que el poder ha enloquecido por completo y está perdiendo el contacto con la realidad material y nuestra propia naturaleza, al sacrificar el cuerpo humano y despreciar la vida en pos de una idea biopolítica. Demasiadas letras en las siglas LGTBIQ+, demasiadas asociaciones ansiosas de meter la cuchara en la sopa boba y una perspectiva económica a corto plazo que anuncia tiempos de escasez, incluso para los soldados del Estado. El feminismo institucional fue una bonita flor de color violeta que se ha marchitado y apesta.

En el puchero podemita del Gobierno se está cocinando otra ley que los medios presentarán como ‘progreso’, cuando es una nueva ofensiva liberticida. La llamada Ley de Vivienda pretende incrementar el gasto público con la construcción de vivienda protegida (esos pisitos infames que aseguran un infierno convivencial y generan lumpen) y exterminar por completo la libertad económica con la creación de impuestos especiales y la regulación de los precios de los alquileres, unas trabas que, a buen seguro, esquivarán las grandes fortunas y los fondos de inversión, y que caerán como una losa encima del esforzado trabajador medio.

Una de las ofensivas más despiadadas que estamos sufriendo es, sin duda, la Ley de Eutanasia, oportunamente aprobada en plena “pandemia”. Los medios de comunicación y la industria cultural llevan años generando un debate artificial sobre la supuesta necesidad de suicidarse sin dolor. La Ley de Eutanasia relativiza la muerte, así que también relativiza la vida; es, además, una ley utilitarista que instrumentaliza a los seres humanos en función de su productividad y convierte a los médicos en soldados al frente de un pelotón de fusilamiento, relegando el juramento hipocrático a trágica ironía, y transformando los hospitales en nuevos campos de exterminio.

El Estado ha situado el sistema sanitario en la primera línea de combate. Las nuevas fuerzas de seguridad uniformadas son médicos y enfermeros con bata blanca; las armas convencionales han dado paso a las llamadas “vacunas”. Miles de funcionarios ya se han puesto con orgullo la primera dosis del tratamiento génico experimental a cambio de una falsa promesa, aquella que dice que si todos nos vacunamos, volveremos a la “normalidad”. Olvidan los medios de comunicación que muchos, muchísimos, desconfían de la “vacuna” y la esquivan, pese a las amenazas de obligatoriedad o los chantajes en curso: si no te vacunas, no te vas de vacaciones a Mallorca, como están haciendo ya centenares de turistas europeos, vacunados o no.

Olvidan también los informativos que el número de reacciones adversas está siendo muy elevado,[1] centrándose la atención mediática en un único caso de fallecimiento por ictus cerebral de una profesora malagueña de 43 años que murió poco después de haber recibido la primera dosis de la “vacuna” de AstraZeneca. Como era de esperar, la muerte no tuvo relación alguna con la feliz inmunización. ¿El desprestigio mediático de este producto se debe a una sucia campaña de guerra comercial entre compañías farmacéuticas? ¿O tal vez nos estén haciendo desconfiar de la “vacuna mala”, para que reclamemos “nuestro derecho” a ser inyectados por alguna de las “vacunas buenas”, las de Pfizer Moderna, las de ARN mensajero? Una prudente evaluación de riesgos nos lleva a pensar que los perjuicios de la vacunación son mayores que los supuestos beneficios pero, ante todo, debemos resaltar que imponer de manera coercitiva un tratamiento farmacológico, para más inri experimental, muestra hasta qué punto el Estado está anulando nuestras libertades fundamentales. ¿Dónde queda el antiguo lema feminista ‘Mi cuerpo, mi decisión’? Cada vez es más evidente que la “pandemia” de Covid-19 no es un asunto sanitario, sino político, vinculado al control social de la población en un momento de crisis generalizada de las sociedades de la modernidad.

Pese a que está demostrado que el virus SARS-CoV-2 no infecta las células de las vías respiratorias y que la OMS ha reconocido que el uso de mascarillas es inútil en la prevención del contagio de coronavirus,[2] el Congreso ha aprobado en secreto el Real Decreto de Nueva Normalidad que obliga la utilización del barbijo incluso en espacios abiertos con la llamada “distancia social” garantizada. ¡Cuánta gente desconocía que no tenía que llevar puesta la mascarilla en la calle! Y ahora resulta que sí es obligatorio. El uso de esta prenda nos degrada y estigmatiza, es una ley de sometimiento, comparable al burka o al bozal de un perro.

En esta terrible guerra contra la vida, la dignidad y la libertad, los Estados se están coordinando para hacer frente común al conjunto de seres humanos del planeta. Un buen ejemplo es el que está ofreciendo la Unión Europea, que en cuestión de unos pocos meses ha pasado de promover la libre circulación de personas a inventar el ‘pasaporte sanitario europeo’, un certificado veterinario de buen ciudadano, obediente y sumiso, que por haber sido bueno tiene derecho a coger un avión y disfrutar de sus merecidas vacaciones. Tan infames son las instituciones que promueven este salvoconducto, como las personas que obedecerán sin rechistar para agradar a sus viejos amos.

Y en medio de tanta confusión y cobardía apareció la estrella de Victoria Abril. La veterana actriz compareció en un acto público sin mascarilla y desmontando con buena disposición y discurso convincente el montaje político-sanitario del Covid-19. Victoria Abril se convirtió, por unas horas, en la voz del pueblo, la mujer valiente que se enfrentó a los poderes establecidos jugándose su carrera profesional en defensa de la verdad. La actriz madrileña recibió por su osadía tantos aplausos de su público, como palos de autoridades y medios de comunicación, así que no tardó en hacer de su capa un sayo, y donde dijo digo, digo Diego, matizó sus atrevidas palabras para dejar a sus nuevos fans desilusionados, decepcionados, como cuando Ricky Martin salió del armario, como cuando el dúo Milli Vanilli admitió que hacía playback.

¿Nos falló Victoria? En esta tecnologizada caverna de Platón, en este Imperio de la ficción (tomando prestado el concepto de Pedro Bustamante), mucha gente seguirá creyendo que el enemigo es nuestro aliado a no ser que una cara pública, una “voz autorizada”, una actriz, un político o un periodista de postín les diga que ‘hemos sido engañados’; hasta entonces seguirán esperando la llegada del Mesías de portada que les asirá de la manita para guiarles hasta la salida de la oscura cueva.

Los pueblos de la península están muertos.

El Estado está acorralado y agoniza a causa de sus múltiples contradicciones internas. El déficit presupuestario, la caída en picado de la productividad, la escasez de recursos energéticos, la ausencia de individuos de calidad, la destrucción del medio ambiente, el desplome de la natalidad… Nuestro enemigo está contra las cuerdas y, como bien apuntó Sun Tzu en El arte de la guerra, un adversario desesperado se torna peligroso, se muestra muy agresivo porque nada tiene ya que perder. Las élites han emprendido una carrera desenfrenada que solo puede conducir a la destrucción de la humanidad, salvo que nosotros, las gentes del pueblo, empecemos a plantarles cara, aceptemos el combate y derrotemos al Estado, a los Estados. No podemos seguir engañándonos y decir que la guerra no existe. Es hora de hacer frente al enemigo, con valentía, con valores y con inteligencia estratégica. Es hora de emprender la revolución integral.


[1] Se puede consultar la página adrreports.eu (European database of suspected adverse drug reaction reports).

[2] Consultar el Informe de Revisión Científica Covid-19 publicado por el colectivo ‘Biólogos por la verdad’ y disponible en biologosporlaverdad.es.


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